Ellos se querían y vivían juntos. Comían juntos, adornaban la casa juntos, regaban el jardín juntos, dormían juntos. Hasta que un día, cuando ella despertó, se dio cuenta que no había nada real que compartieran juntos. Se dio cuenta que sentía una espantosa soledad aún cuando estaba con él, que la confianza que nunca había existido se había esfumado, que las mentiras y las omisiones habían pasado de ser papel mural, a moscas que revoloteaban en cada rincón. Y se marchó.
Después del terrible abandono, de una discusión larga e inútil, de acusaciones innecesarias para ese momento y de insultos por montones, nunca más llamó. Si lo vio o si supo de él fue por casualidad, no volvió a preguntar por su suerte ni se ocupó de saber cómo se encontraba, y, aunque sentía una verdadera necesidad por hacer las paces, borrar las acusaciones, y lograr una buena comunicación, simplemente nunca tomó la iniciativa. No por miedo al rechazo, como creyó al principio… sino que simplemente por temor a sí misma, por volver a caer… porque en definitiva, era más fácil mantenerse distante.
Después del terrible abandono, de una discusión larga e inútil, de acusaciones innecesarias para ese momento y de insultos por montones, nunca más llamó. Si lo vio o si supo de él fue por casualidad, no volvió a preguntar por su suerte ni se ocupó de saber cómo se encontraba, y, aunque sentía una verdadera necesidad por hacer las paces, borrar las acusaciones, y lograr una buena comunicación, simplemente nunca tomó la iniciativa. No por miedo al rechazo, como creyó al principio… sino que simplemente por temor a sí misma, por volver a caer… porque en definitiva, era más fácil mantenerse distante.
Y hasta hoy no ha vuelto a hablar con él. Y hasta hoy se pregunta si sintió lo que cree haber sentido o si vivió lo que cree haber vivido.
Lo hizo desaparecer de su mundo.
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