Afuera hay una niebla exagerada, abismante y dolorosa. Una niebla esperanzadora. Y dan tantas ganas de salir y tanto miedo a la vez. Siempre me pasa eso con la niebla. Es como salir a caminar a esa hora en que el sol acaba de esconderse, y queda una luz muy ahumada, que no permite ver bien, que cambia las figuras y debilita los corazones. Es un poco así. Pero con la niebla es más, porque deja esconderse, deja sorprender y ser sorprendido... permite ir un ratito a un universo paralelo, estar aquí pero no tan aquí, no tan concretamente aquí, no con tantos problemas que resolver, cosas en que pensar y tareas que hacer... sino que el mundo se detiene y los lugares se deforman. Antes me pasaba eso también con la nieve. No sé por qué dejó de pasarme... pero ahora hace mucho tiempo que no veo nevar, la magia puede haber vuelto.
Me perdí. Lo que quería decir finalmente, es que la niebla me gusta porque me escapo con ella. Porque todo es confuso y un poco imaginario, porque es necesario tocar las cosas para asegurarme que están ahí. Porque necesito estar segura de que estoy yo para saber que existo.